El Vinculo Del Gato Chaman:

Mi gato llegó como un ovillo enredado, con los ojos perdidos y el alma abierta. Aun así, confiaba: se entregaba al sol, descansaba sin miedo, como si nada en él dudara de la vida. No era un gato común, era un chamán silencioso, símbolo viviente de esa sabiduría que sobrevive al derrumbe y nos guía de regreso a casa.
Al mirarlo, me vi.
Esa calma suya nació del caos, uno que también conozco. Tuve que organizar fragmentos de espejo roto y entre las grietas divise el fondo: rabia, odio, dolor. Y aprendí que, como afirma la psicología, la rabia no es violencia, sino una señal de que algo fue cruzado. Cuando se niega por miedo o cultura, se convierte en odio, culpa, desgano o autodestrucción. Alice Miller lo advirtió: “La ira que no se dirige hacia quien nos hirió, se vuelve contra nosotros.”
La rabia no bloquea el perdón; lo prepara. Es fuego que limpia, impulso que dice “no más”. Solo al atravesarla con consciencia nace lo nuevo.
Mi gato me lo mostró sin hablar. Perdonar requirió aceptar lo inevitable: que no me defendí, que nadie lo hizo, que una cultura puede nombrar lo sagrado mientras traiciona su esencia. Pero comprendí que Cristo, el chamán, el animal guía, son arquetipos de lo mismo: la fuerza que nos devuelve a nosotros.
Como dijo Hesse: “Te veo a ti, y en cada uno veo el universo que habita en mí.”
Así germina el perdón auténtico: no como olvido, sino como sanación profunda que viene de la comprensión. Mi gato, en su calma surgida del caos, me enseñó que la sabiduría es aceptar lo que fue y elegir, desde la consciencia, volver a la esencia. Ese es el camino de regreso a casa: al deseo sublimado que impulsa toda creación noble.
Es así como me elegí a mí.
De Carolil

